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¿Arte político? La rebeldía cabe en una sala blanca

www.cisma.art / stack

¿ARTE POLÍTICO?
LA REBELDÍA CABE
EN UNA SALA BLANCA

24.06.2025

Toni Calderón

Artículo

“La totalidad del sistema de la cultura moderna se ha convertido en una máquina de integración. El arte, incluso el más radical, no puede escapar a su absorción”.
Theodor W. Adorno y Max Horkheimer. Dialéctica de la Ilustración.

Arte político es toda práctica artística que incorpora, de manera consciente, una intención de intervenir, cuestionar o visibilizar estructuras de poder, conflictos sociales, injusticias o tensiones ideológicas. No se limita a representar la política, sino que busca producir una relación crítica entre la obra, el espectador y su contexto histórico, social, económico y lógicamente político. Su forma no está determinada por un estilo específico, puede adoptar múltiples lenguajes, disciplinas y soportes: pintura, instalación, performance, fotografía, arte digital, escritura, cine, música, arte público o activismo visual entre otros. Lo que lo define no es el medio, sino su posicionamiento ético y estético.

A lo largo del siglo XX, el arte político tuvo momentos clave, desde el arte de las vanguardias históricas como el constructivismo ruso o el dadaísmo, hasta las prácticas antifascistas, el arte feminista, el arte conceptual de denuncia en América Latina, el arte protesta durante el mayo del 68, el arte queer, el anticolonial, el activismo contra el racismo o el arte de resistencia en zonas de guerra. En todos esos casos, el arte no se entendía solo como forma de expresión, sino como herramienta de lucha, memoria, organización o desobediencia. Sin embargo, no todo arte con contenido social es arte político. El arte político implica un conflicto con el contexto institucional y simbólico que lo rodea. No se trata de ilustrar consignas o denunciar superficialmente un problema. Se trata de intervenir en el imaginario colectivo, de alterar los códigos dominantes de lo visible. Como señaló Jacques Rancière, lo político en el arte no reside tanto en el mensaje, sino en la «redistribución de lo sensible», es decir, en alterar el reparto de lo que puede ser visto y oído en una sociedad.

El arte político es, o debería ser, siempre incómodo, debería generar fricción. No busca necesariamente soluciones, pero sí producir preguntas que desestabilicen lo normalizado. En el mejor de los casos, obliga a mirar lo que no se quiere ver o a escuchar lo que ha sido silenciado. No obstante, el arte político, a día de hoy, apenas tiene relevancia. No porque hayan desaparecido las razones, sino porque ha sido absorbido por los mismos sistemas que debe combatir. Lo que hoy se presenta como crítica es apenas un eco domesticado, un murmullo decorativo dentro del gran teatro de la corrección cultural. Las propuestas que se autodenominan comprometidas rozan, en muchos casos, la ingenuidad. Se asemejan a ejercicios de diseño emocional para almas que desean sentirse buenas sin poner nada en juego. Un entretenimiento con pretensión de ética.

Las obras que se anuncian como comprometidas apenas rozan la superficie de lo que denuncian. En lugar de conmocionar ilustran, en vez de incomodar decoran. No hay lenguaje a día de hoy con capacidad de cuestionar, pues utilizan el tono correcto, la estética calibrada, el formato listo para circular por redes, para ser compartido y, si hay suerte, aparecer en medios como gesto ingenioso. El arte político se ha vuelto anecdótico. Un contenido más entre miles, una forma de producción estética que no desafía, sino que acompaña. Lo que debería ser desgarro se ha convertido en normalidad, lo que fue ruptura ahora es tendencia. Las imágenes del dolor ya no interrumpen, solo entretienen. El horror se embellece, se representa, se convierte en experiencia cultural. El campo de refugiados, el exilio, la represión, la miseria, el colapso ambiental, el genocidio, todo puede formar parte de una exposición pues todo se encuadra, se enmarca y se exhibe. La indignación se mide en visualizaciones.

Autor

Toni Calderón

Toni Calderón, historiador y crítico de arte, ha estado siempre ligado al mundo cultural desde diferentes perspectivas. Fue miembro de AICA y presidió la Asociación Valenciana de Críticos de Arte (AVCA). Ha dirigido y fundado proyectos como lasalanaranja, un espacio de arte contemporáneo en Valencia, y Forjaarte, además de codirigir Gabinetedehygiene. Coordinó el festival Observatori, colaboró como redactor en la revista Gestión y Cultura (G+C) y ha dado clases en diversas universidades. Cursó doctorado en Estética y Teoría del Arte, campos sobre los que suele publicar. Su trabajo como informático le ha permitido explorar la relación entre arte y tecnología. Además, su pasión por el cine, y especialmente por la crítica cinematográfica, complementa su enfoque artístico. Se ha dedicado también a la creación de comunidades artísticas y actualmente está volcado en www.cisma.art , un proyecto interdisciplinar que recoge todas estas inquietudes.

Info
Artículo publicado
en la Revista Digital ElHype.com
el 24 de junio de 2025